Esta tarde, tras un retraso considerable, cuando ya estaba casi desesperado (y yo que pensaba que sabía controlar mi impaciencia), hemos podido, aunque de forma muy breve, ver y oir a nuestro próximo hij@.
Era apenas una pequeña mancha de color grisáceo que se movía dentro de una mancha de mayor tamaño y más oscura en un monitor poco contrastado. De pronto ruido, como el de un televisor mal sintonizado, y entre el ruido, unos golpes muy ténues y acompasados, a gran velocidad… los latidos del corazón a ritmo acelerado.
No es la primera vez que paso por esta experiéncia, pero he de confesar que es una sensación extraña, tan sobrecogedora, tan extraordinaria, tan… vital. Es tan increible, casi milagroso diría yo (poco creyente por lo general), que algo tan pequeño, tan diminuto, que en estos momentos apenas mide un par de centrímetos, pueda tener tanta vida.
Como siempre en estas ocasiones, te quedas con ganas de más, de que pase rápido el tiempo hasta la próxima visita, de seguir viendo, de seguir conociendo…
Si pudiera explicar mejor lo que siento en esos momentos, si no fuera tan parco en palabras, os podría contar como es ese sentimiento que te hace sentir tan orgulloso, que hace que se ponga el vello de punta, que hace que te recorra todo el cuerpo un hormigueo, una extraña sensación de felicidad, que hace que como por arte de magia, desaparezcan todos los problemas y que aparezca una perfecta sonrisa en tu cara.





Un comentario
Teresa escribió:
26/06/2009, a las 13:50 (UTC 1 )
Realmente bonito! Y excitante! Y mis pelillos tambien de punta.