Hoy el día ha empezado más temprano de lo habitual, y más tratándose de un sábado, día en el que tradicionalmente el despertador es Lucía a eso de las 9:00h. El caso es que a eso de las 7:30h ha sonado el despertador, pero me he hecho el remolón hasta las 7:45h y he continuado en la cama.
Con algo de sueño todavía, he cogido el culotte, mi casco y mis guantes, todos un tanto cutres que he comprado esta semana, y he cogido el coche hacia la casa de Carlitos en Alboraya. He hecho un alto en el camino, y he parado en una gasolinera a comprar una bebida isotónica de litro. A las 8:20h. Carlitos me esperaba perfectamente uniformado de ciclista, si no fuera por esas zapatillas de ir por casa que rompían con su profesionalidad, y me ha prestado la bicicleta de Ana., ha cambiado su calzado por algo más profesional y hemos salido a la calle. Primeras pedaladas de prueba, toco un poco el cambio del piñón, otro poco el plato. Todo correcto, dominado, ¡hoy me como el mundo! Mi primer día con la peña del “bocadill de jamó y ques” (penya de l’entrepà de pernil i formatge en Valencià), y vamos a coronar el Pico del Águila.

En la gasolinera de encuentro en Alboraya nos esperaba Moya revisando su bicicleta. Primeras risas por mi lamentable estado de forma y explicación de la ruta… No hay problema, la vuelta es toda de bajada así que a comerse el mundo.
Empezamos nuestro camino a buen ritmo, pasamos por toda la huerta Valenciana, por la Via Augusta, hasta que llegamos por el carril bici hasta los primeros polígonos, Meliana, Albalat dels Sorells, Massalfasar, Massamagrell, Rafelbunyol, una recta largísima interrumpida por rotondas y una buena media unos 22-25 km/h, quién ha dicho que el ciclismo es cansado…
Primer contratiempo, una vez dejado el carril bici, y a punto de iniciar el ascenso, un ruido molesto en la bicicleta de Moya nos hace parar para revisar el pedal izquierdo, nada que no se resuelva con una llave Allen. Ya que hemos parado y el novato va cargado con su mochila, que menos que darle un trago a esa bebida fresquita para quitar los primeros síntomas de sed.
- ¿Qué tal va la cosa?
- Bien, sin problemas, cuando queráis (yo aún con mi euforia).
- Venga que antes de las 10 hemos coronado el puerto.
- Todo controlado.
Reanudamos la marcha y la carretera empieza a no ser tan cómoda como la anterior, ya no vamos tan rápido y empieza a costarme seguir el ritmo, Carlitos se queda para darme moral, a la vez que graba algún video con el móvil (que pondré cuando los tenga), mientras que Moya sigue tirando carretera arriba.
Consciente del retraso que ocasiono, le digo a Carlitos que tire a buscar a Moya y yo intentaré ir a mi ritmo, y me pararé cuando vea que no puedo seguir. Aun los veo un tanto a lo lejos en la carretera y les oigo gritar para que tire hasta ellos, pero no tiene sentido malgastar mis fuerzas que ya empiezan a ser algo justas.
Paso por la primera urbanización, y las cuestas son duras, así que hay que rendirse a la evidencia, y bajar a empujar si quiero subir el repecho. Vuelta a un falso llano, que con el desarrollo adecuado se hace llevadero. Me pasan otros ciclistas y nos saludamos, en mi caso con las fuerzas bastante justas. Para coronar el Coll de la Calderona, otra vez tengo que poner el pie en el suelo y empujar la bicicleta. Más ciclistas y más saludos. Una vez llegado a este punto se muestra ante mi un descenso, y yo pienso “ya empezamos, ¿la vuelta no era toda de bajada?, no creo que sea muy largo entonces”, así que me lanzo carretera abajo y siempre siguiendo el camino más recto, al fin y al cabo nadie ha dicho nada de cambiar de dirección. Me vuelvo a encontrar con unos ciclistas que me adelantaron anteriormente y que habían tenido un problema con un cambio, nada grave, y siguen conmigo por el camino con clara tendencia al descenso. Ellos paran en un bar en Gilet, y me invitan a quedarme con ellos y tomar un almuerzo, pero yo ya había quedado para tomarme mi “bocadill“, así que declino su oferta y vuelvo a las carreteras en cuesta, que a base de piñón pequeño grande y plato pequeño consigo superar, hasta llegar al monasterio del Santo Espíritu.

Llegados a este punto no tiene ningún sentido seguir subiendo, ya que tanto Carlitos como Moya habrán llegado y no tardarán en bajar, así que aprovecho para llamar a casa y decir que todo bien, algo cansado pero que pronto nos pondremos a deshacer el camino y volver a casa. Un trago para reponer líquidos.
Aviso a Carlitos que les espero en el monasterio y me dice que cómo había llegado hasta ahí, y por dónde se me ha ocurrido ir. Me dicen que van a iniciar el descenso y que nos vemos en el Coll de la Calderona, pero a mi me quedaba aún ascender todo lo que había bajado previamente. A mitad de ascenso, vuelta al teléfono.
- ¿Dónde estás?
- Pues de camino pero aun me queda subir una cuesta interesante.
- Vale, vamos a buscarte, si llegas antes, espéranos en el Coll.
- Sin problemas, aun me costará llegar.
Llego al cruce dónde teóricamente habíamos quedado y no me los he encontrado. Llamada por si acaso.
- Si, si, quédate ahí que nos quedan 2 minutos y llegamos.
Bueno, pues a descansar un poco mientras llegan, el lugar dónde la espalda pierde su nombre, empieza a pasar factura, y es que por muy acolchado que esté el culotte, aun no estoy acostumbrado a pasar tanto tiempo en esos sillines. Por fin los veo ascender, y sin mucha tregua. – Bueno, vamos al “restaurante” a tomarnos el “bocadill” y para casa. Venga que es todo de bajada.
Y es verdad, pero mientras el camino de graba recomienda no correr, tanto Moya como Carlitos se lanzan a un descenso crazy. Para mi primera curva y primer susto, derrape de la rueda trasera, pero apoyo el pie izquierdo en el suelo y sigo el descenso.

Con algo de retraso llego al “restaurante”, un cruce de caminos entre campos de naranjas. Toca beber, descansar un poco y recuperar glucosa de las ricas naranjas, hay que evitar las agujetas en la medida de lo posible. Algunas risas. “Tenemos que hacer camisetas de la penya”, “a ver quién es el próximo componente, que cada semana somos más”, “¿vas a venir la semana que viene, verdad?”, “hoy has hecho más de lo que pensábamos”, “el culotte se pone sin ropa interior”. Todo esto está muy bien, pero aún nos queda un tramo para llegar a casa, así que vamos otra vez a las bicicletas, pero el trasero empieza a molestar más de la cuenta.
Mi ritmo aunque sea de bajada, empieza a bajar también, me encuentro incómodo sentado, no cojo ritmo de pedaleo, y aunque deseo con todas mis fuerzas llegar a casa, aun se ve muy lejos Valencia. El horario previsto de llegada eran las 12, pero ya es la 1 y aun seguimos en el camino, y lo peor, esta maldita recta no se termina.
Al fin volvemos a la huerta, y todo empieza a verse de otro modo. Ya se distinguen los edificios de la playa aunque estén algo lejos, pero se me entumecen las manos, los brazos y no dejo de pensar “quien me mandaría a mi a meterme estos 50km. en las piernas, espero que no me pesen mucho las agujetas esta semana”.
Y por fin llegamos al punto de partida, a la gasolinera desde donde salimos, eso si, completamente roto. Ahora a por el coche, a hacer unos estiramientos, una ducha, y a descansar antes de la comida. Por más que me insisten en que no me lo deje y que continúe la semana próxima, tengo que ver la evolución de mis agujetas y de lo peor, el lugar donde la espalda pierde su nombre.
Que duro es pasarse tantas horas sentado en un sillín tan minúsculo y tan duro, y encima por caminos poco lisos.
Hasta aquí mi experiencia. Pronto versión Netiqueta y con vídeos. Estad atentos a las próximas horas.
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